¿Somos racistas en España? Los delitos de odio aumentan un 20%

Promita nació en Calcuta. Un origen que podría deducirse de sus rasgos y su color de piel, pero que despista a los que no la conocen y entablan una conversación con ella porque no tiene acento de ningún tipo. Porque Promita, Carmen es su nombre español, fue adoptada y es española. A sus 25 años, nunca se había sentido diferente hasta que empezó a trabajar en un restaurante de la comunidad bangladesí. “Sí que sentía los prejuicios que podían tener los clientes blancos hacia mí simplemente por mi color de piel. Sí que sentía esa mirada diferente que no había sentido nunca antes dentro de mi entorno”, cuenta a Elhadí, que llegó hace doce años de Bangladés y que no tardó en sentirse discriminado. La policía, al poco de llegar a España, lo llevó a la comisaría, según relata, simplemente porque no hablaba español y ha tenido que ver cómo una madre en un parque infantil no dejaba que los hijos de ambos jugasen juntos simplemente por su color de piel. Sus contextos económicos y culturales son totalmente distintos, pero los dos han vivido situaciones de racismo en algún momento. Aun así Elahí es optimista y cree que en los años que lleva aquí, ha aumentado la tolerancia.

Los datos, según algunos expertos, le dan la razón. Reflejan que España no es un país especialmente racista si lo comparamos con otros de nuestro entorno. “Teniendo en cuenta que la inmigración ha sido el mayor cambio social que ha habido en España hasta la pandemia en lo que va de siglo, no ha resultado del todo mal en el sentido de que no ha habido una gran confrontación social”, señala María Miyar, profesora de Sociología en la UNED. Aun así, según los últimos datos de Interior, los delitos de odio relacionados con el racismo y la xenofobia crecieron en 2019 un 20,9% en comparación con el año anterior.

Más requisitos para acceder a alquileres y puestos de trabajo 

Ahmed y Mohammed son de Marruecos. Los presentamos para que pongan en común sus vidas en España. Ahmed lleva 20 años aquí. Estudió Derecho en su país, vino a hacer el doctorado y se quedó. Llegó, como tantos otros, de forma regular, pero no tardó mucho en darse cuenta de que no todo iba a ser fácil: “El primer contacto con el alquiler. Cuando llamo yo me dicen que no y cuando llama un compañero de la universidad, que es español, le dicen que sí. Y a nivel de empleo también. Aquí para acceder al mundo laboral siendo extranjero tienes que demostrar muchísimas más cualidades que cualquier otro español”.

Mohammed lo escucha. Llegó con 14 años a España cruzando la frontera a pie. Hoy, a sus 19, trata de formarse y busca trabajo. Dice no haberse sentido discriminado. Solo cuando Ahmed recuerda las miradas de rechazo que ha percibido, sobre todo después de algún detonante como, por ejemplo, un atentado islamista, recuerda un episodio que vivió hace poco. Un día que salió con chilaba de casa. “La gente me miraba que parecía que los iba a matar”. “Microrracismos”, zanja Ahmed. “ Una persona joven que llegó hace tres o cuatro años, compara su situación actual con la situación de origen y piensa que está todo mucho mejor y lo ve todo más positivo. Otra que lleva más años o un inmigrante de segunda generación se da cuenta de que no es como los nativos, su término de comparación son los nativos”, aclara Miyar. Y ahí está la clave para Ahmed: “Te preguntas: ¿siempre vamos a ser extranjeros, siempre se van a llamar extranjeros de segunda generación, de tercera generación… ¿Hasta cuándo?”.

Pero no solo los inmigrantes sufren discriminación en España. Según un estudio del Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica (CEDRE), que depende de la Secretaría de Estado de Igualdad, en el último año, más de la mitad de las personas de diferentes grupos étnicos encuestados, dice haber sufrido alguna situación de rechazo por su color de piel o rasgos físicos. Los que más tienen esta sensación son las personas del África no mediterránea, un 82%, y las del pueblo gitano, un 71%.

La integración de las nuevas generaciones

Lidia y Antonia forman parte de ese porcentaje. Una vez más, sus contextos no tienen nada que ver: Lidia es mediadora social y Antonia ha empezado, con 31 años, a hacer cursos para formarse y poder acceder a su primer empleo, pero ambas, por ejemplo, saben que si entran en un supermercado las van a vigilar. “No te miran igual. A lo mejor ves que pasan otras personas y no van detrás y pasas tú y ya están ahí”, comenta Antonia. Lidia le advierte que, ahora que busca trabajo, podría sentirse discriminada también: “Las gitanas que estamos formadas y con trabajo siempre somos invisibles. O eres marginal o eres artista. Queremos formar parte de la sociedad”.

Presentamos a una última pareja étnica para que pongan en común sus experiencias. Pascal llegó de Senegal hace siete años y trata de regularizar su situación. Rosy, salió de su Camerún natal para estudiar en nuestro país. Se casó aquí y tiene un niño de cuatro años. Ninguno dice haber sufrido situaciones graves de racismo que para Rosy, son muchas veces fruto de la ignorancia.

“Nos asocian a la pobreza y no todo el mundo viene por una situación difícil en África. Qué pena que no tengan una idea más allá de lo que sale en la tele”, afirma Rosy. “Algunos tienen lástima de nosotros”, añade Pascal. En este caso, como en otros muchos, el racismo puede confundirse o mezclarse con actitudes clasistas o incluso de aporofobia. “Hay problemas que afectan a toda la sociedad de pobreza, de falta de recursos educativos, etc. Los inmigrantes están más en esas posiciones que los nativos, entonces hay parte que es un problema de clase social, de pobreza y otra que es porque son inmigrantes. Juegan las dos cosas, interactúan siempre”, dice la socióloga que añade que el reto que tenemos por delante como sociedad es la integración de las generaciones que vendrán después de Promi, Mohammed o Antonia.

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