Cuando sufres acoso escolar por ser o parecer LGTB

Los relatos de los supervivientes muestran la gravedad del acoso escolar: «Me decían maricón, hacían como si me fueran a meter palos de hockey por el culo, me daban empujones o me acorralaban», cuenta un joven que sufrió bullyng desde los 12 años. Otra menor trans tenía ataques de ansiedad en el colegio y se hizo en varias ocasiones pis encima porque no se sentía segura al ir al baño. En ambos casos los centros educativos no hicieron nada contra esto.

El pasado octubre se suicidó una joven de A Coruña por sufrir acoso escolar por su orientación sexual. Fue una de las muchas menores que intentan sobrevivir a a los insultos, las malas miradas, la discriminación o las agresiones de otros niños por el hecho de ser quienes quieren ser. El acoso escolar es una gran lacra en España que tiene gravísimas consecuencias como el suicidio, multitud de secuelas en las personas que lo sufren y que convierte en víctimas a muchas personas por ser o parecer lesbiana, gay, transexual o bisexual. «Mi hija llegó a aceptar que era el precio que tenía que pagar por ser transexual», relata Pili, madre de Alejandra, una menor que sufrió acoso escolar durante quinto y sexto de Primaria en su colegio.

Este domingo se celebra el Día Internacional contra el Acoso Escolar, una fecha que sirve para recordar este problema y que las Administraciones tienen que luchar contra él. Alberto Alba, coordinador de Educación de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) denuncia que el acoso escolar por ser LGTB es aún más problemático por cómo afectan los estereotipos sociales a nuestras vidas, el desconocimiento y las dificultades que pueden llegar a impedir que se verbalice. Los datos del Observatorio Español contra la LGBTfobia lo muestran: los intentos de suicidio entre los jóvenes LGBTI son de tres a cinco veces más numerosos que entre los jóvenes en general y, entre las causas del sucidio, está la falta de apoyo en el entorno familiar y escolar, el bullying o el acoso escolar.

 «Aquí no se trata solo de ser, también de parecer porque. Sucede con chicos que tienen un comportamiento que se considera femenino y no son gays o aún no saben que lo son», explica Alba a Público.

«Me decía maricón, hacían como si me fueran a meter palos de hockey por el culo, me daban empujones o me acorralaban»

Este es uno de los casos que ha podido conocer este medio. Fran sufrió acoso escolar en el instituto desde los 12 años aunque hasta los 17 no supo realmente sobre su sexualidad. Su relato es demoledor. Supervivió en silencio y con profesores que no hicieron nada. «En el primer curso ya se burlaban, me decía maricón, cuando jugábamos al hockey en Educación Física hacían como si me fueran a meter el palo por detrás. En segundo fue a peor: empujones, acorralamientos contra la pared… Tenían un juego: te hacían como si te fueran a pegar un puño en la cara y, si te quitabas, te lo pegaban en el brazo. Por instinto te quitas pero ya me acostumbré a solo pestañear», recuerda el joven.

El acoso que sufrió Alejandra fue distinto. Ahora tiene ahora 12 años y está feliz en el instituto, pero su madre lamenta todo lo que tuvo que pasar en el colegio por ser transexual. Los padres de la joven se reunieron con la tutora, la directora y el equipo de orientación del centro antes de que la menor hiciera el transito social con nueve años. Al principio fue bien. Se dieron una semana de margen para que el colegio hiciera una formación. Pero esto nunca se hizo. «Cuando le dijo a sus compañeros que la llamaran Alejandra se reían de ella. Nadie había dicho nada. Los niños se pensaban que era un juego. Llegaba rota a casa», relata Pili. Al tercer día llamó a la directora para recriminarle que la tutora de su hija no hubiera hablado con el resto de la clase.

«A veces se hacía pis encima porque no estaba segura en el baño. También he tenido que ir a recogerla del colegio porque tenía ataques de ansiedad»

Pero fue a peor. Al día siguiente de la reclamación de la madre, la tutora sacó a Alejandra al pasillo en mitad de una clase. Pili recuerda que su hija le contó que la docente le había preguntado cómo hablaba con el resto de alumnos y cómo lo hacía. «Su tutora tenía más de 20 años de docencia y le pregunta a una niña de nueve años. El desconocimiento se estaba convirtiendo en problema cuando es algo que hay que hablar con naturalidad», denuncia Pili.

Alejandra a veces se hacía pis encima en el colegio. Se sentía muy incómoda al ir al baño, sobre todo, porque no había pestillos y el resto de compañeras lanzaban malas miradas. Supervivió también entre cuchicheos en los pasillos de las clases de los cursos de quinto y sexto. Algunos alumnos le llegaron a decir que daba «asco». En otra ocasión un niño llegó a preguntarle por sus genitales en la fila del autobús y delante de otros 50 menores. Todo esto llegó a provocar que sufrieraataques de ansiedad en el colegio e incluso que su rendimiento académico fuera menor del que podía llegar porque Pili asegura que ahora en el instituto tiene mejores notas.

Tras todos estos episodios, los padres de Alejandra tuvieron con el centro otra reunión. Le recriminaron al centro la inacción y que no podía permitirse esta situación. La directora les llegó a decir: «Cuando la niña empezó el tránsito ya sabíais lo que habías». Pili recuerda que insistieron una y otra vez en que Alejandra era una niña normal. Cuando terminaba el curso se realizó una charla. «Solo fue para quinto y sexto, no vaya a ser que se contagiara», recrimina.

En verano recuerda que su hija pudo ser «libre» y «feliz» porque se dio cuenta de que había mucha vida más allá del colegio: «Pasó de sentirse una mierda a ser válida». Pero en septiembre empezó sexto con la misma tutora y volvió a sufrir un año de curso en el que la docente no hacía nada contra la discriminación que sufría Alejandra. «Su tutora dejaba que formaran las parejas los alumnos como querían y eso provocaba que Alejandra, en riesgo de exclusión tras meses de acoso y discriminación, se quedara sola. Eso no se debía hacer. Al final me di cuenta que no había voluntad. Planteamos cambiarnos de centro pero Alejandra no quería porque también tenía amistades», añade sobre el fin de esta etapa.

«Algunas veces nos castigaban al acosador y a mí»

Lo que tienen en común los casos de Alejandra y Fran, más allá del motivo del acoso, es la inacción de los equipos de los centros de ayudarles y asegurar que ambos no fueran acosados ni discriminados. Fran explica que en su caso los profesores tampoco intervenían. Cada día intentaba «no hablar mucho» y pasar desapercibido». No participaba en muchas conversaciones, aunque quisiera. Sus amigas a veces le defendían, pero no siempre. «Normalmente no se metían no fuera que les salpicara. Tenían una actitud muy pasiva», lamenta el joven. Con un tono mayor de reproche a los profesores denuncia que el centro también era consciente de lo que pasaba y hacía como si nada. «Alguna vez puntual, en las que di un grito o una contestación violenta, el castigado era yo. Otras veces nos castigaban al acosador y a mí como si fuéramos iguales de culpables», añade.

Esta inacción de los centros es lo que no se debe permitir. Un informe de FELGTB sobre el acoso a menores trans muestra que en el 43% de los centros no se hizo nada para luchar contra él. Alba por esto reclama que, a nivel de currículo educativo estatal, exista una manera clara una educación sexual integral e inclusiva bien siendo una asignatura o una materia que se imparta en otra asignatura más grande. «En la LOMLOE aparece de una manera muy transversal pero no acaba de aterrizar porque se deja a la voluntariedad de cada centro. Esto tiene que ser claro y obligatorio», explica.

Alba imparte talleres sobre educación sexual desde 2010. Es de Murcia y muestra su preocupación porque se acaben de implantar los vetos parentales en esta región, en la Comunidad de Madrid o en Andalucía. «Antes de que se implantara el veto en Murcia, ya había mucho movimiento y presión en determinadas AMPAS porque se había metido ahí gente de ultraderecha. Yo me he encontrado centros educativos públicos en el que llegaron a pedir exclusivamente para los talleres que tienen que ver con sexualidad una autorización», lamenta el experto. Pese a todo, en la mayoría de los talleres la respuesta es muy positiva y asegura que normalmente se quedan «cortos» ante las dudas y el desconocimiento que hay. Ahora está centrándose más en la formación con el profesorado: «Así será mucho más fácil que la educación llegue al alumnado y a las familias. Hay que concienciar y educar».

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