La matanza de Atlanta pone el foco en el racismo contra los asiático-estadounidenses

Fuente: El Periódico

La conciencia sobre las injusticias, la indignación y también las respuestas lamentablemente suelen necesitar la mecha de tragedias para prender. En Estados Unidos la masacre esta semana en tres salones de masajes de Atlanta, donde seis de las ocho víctimas mortales fueron mujeres asiáticas, ha servido para poner finalmente el foco en el racismo y xenofobia contra los asiático-estadounidenses.

Es una crisis que llevaba tiempo denunciando la propia comunidad, que tiene una larga pero silenciada historia de discriminación en el país. El problema se ha disparado el último año por actitudes xenófobas durante la pandemia, alimentadas en buena parte por Donald Trump y sus seguidores, con una ola de violencia y acoso que ha elevado el miedo. Y la matanza ha sido el catalizador para sacar la dura realidad definitivamente de las sombras en que suele moverse en las conversaciones sobre diversidad y problemas raciales estructurales.

Al menos esa es la esperanza y el clamor. Las autoridades no han determinado por el momento la matanza como crimen de odio, y en uno de los capítulos más negros de esta semana un policía llegó a justificar que el asesino confeso sufría «un problema de adicción sexual» y tuvo «un mal día» (el mismo que tuvo que disculparse cuando se supo que promocionó camisetas donde se leía «Chy-na virus»). Políticos, activistas y miembros de la comunidad, no obstante, no tienen dudas de que en lo ocurrido laten el racismo y la discriminación hacia una comunidad víctima de sobredimensionados pero persistentes y perniciosos estereotipos como el de la «minoría modélica».

Tampoco pueden verse en un vacío respecto a la misoginia y el sexismo hacía las mujeres de raíces asiáticas, convertidas en objeto de hipersexualización y deshumanizadas y distorsionadas bajo prismas de sumisión o exoticismo y especialmente vulnerables cuando son personas de clase trabajadora o en los márgenes.

Cifras escalofriantes

Este momento debería marcar un punto de inflexión. En el último año los crímenes de odio contra la comunidad se han disparado el 150% en las 16 ciudades más grandes de EEUU, según datos oficiales que ha recopilado el centro para el estudio de odio y extremismo de Universidad de California. También desde marzo de 2020, cuando Trump tuiteó por primera vez «virus chino» y echó gasolina a un incendio que se propagó a toda velocidad en las redes y en la vida real, se han registrado casi 3.800 incidentes de acoso verbal, violaciones de derechos civiles y agresiones físicas, según datos de Anti AAPI Hate.

Ya los últimos meses se había visto una movilización no habitual, especialmente conforme se hacían virales vídeos como el de una agresión a un hombre filipino en el metro de Nueva York al que el atacante le rajó la cara con un cutter o la del mes pasado en Oakland contra un octogenario tailandés que murió por el ataque. En Nueva York y San Francisco, dos de las ciudades donde se han organizado patrullas ciudadanas para proteger sus barrios chinos, la policía creó el año pasado unidades especiales.

Los números son imponentes pero insuficientes. Un informe federal de febrero constató que el 40% de los crímenes de odio no se denuncian, problema exacerbado en una comunidad extremadamente diversa donde algunos mantienen barreras idiomáticas y otros desconfían de las fuerzas del orden, más si como las víctimas de Atlanta trabajan en una industria que se vincula, justificadamente o no, a la explotación sexual. Aunque una ley federal de 1990 requiere guardar registros de crímenes de odio es prácticamente inefectiva porque no obliga a participar y en 2019, por ejemplo, casi el 90% de cuerpos de policía no reportaron ninguno.

Añadir a favoritos el permalink.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *